martes, 31 de diciembre de 2013

Las aulas y la política.- Que lo episódico no se transforme en sistema.

En otro lugar reproducimos las conclusiones que aprobó la Junta Suprema de la Federación de Estudiantes Católicos.

No vamos en este momento a examinar, ni superficialmente siquiera, tales conclusiones. Decimos, de una manera genérica, que son interesantísimas; que son, además, sistemáticas y concretas, y que merecen por muchos motivos estudio atento y parsimonioso.

Las características confesionales, que merecen nuestra simpatía, no constituyen la motivación del elogio. No se olvide que siempre subrayamos en sentido favorable el desarrollo de las actividades noblemente profesionales. Y la preocupación que inspira la enseñanza, y que se traduce en las conclusiones, es una preocupación tan justificada y tan legítima, que sólo alientos merece. No hay que insistir en la perogrullada de que a la clase escolar, preferentemente, y mejor absolutamente, debe interesarle el estudio.

Al margen de la crítica, y en tono menor, desde luego, no huelga en los momentos actuales, y como resultado leal de aquellos convencimientos, una advertencia. Es que se habla de una política escolar. Y lo que es y podrá ser la política escolar si no se ciñe a lo pedagógico, nosotros, francamente, no lo entendemos. Si lográramos entenderlo, difícilmente podríamos justificarlo. Para una organización profesional, contactos y propagandas nos parecerían lógicos. Para otros fines, se nos antojan improcedentes. Que un estudiante ya maduro se apoye en reacciones transitorias para erigirse en caudillo o en apóstol de las masas universitarias, sería una puerilidad, al no constituir sino una lamentable agitación momentánea.

La política en las aulas no fue nunca útil. Ni la oportunidad ni la necesidad reclaman la política en medios tan puros. Y si los altos intereses de la cultura, que se elevan y se prestigian por su misma significación, llegan a contaminaciones peligrosas, perderán en autoridad lo que ganen acaso en popularidad. Y entre la autoridad y la popularidad no hay dilema posible tratándose de la enseñanza.

No ha de exigirse la uniformidad en el pensamiento escolar, ni sería discreto establecer entre los escolares divisiones políticas, porque la política supone fatalmente la pasión, y la pasión mataría o amortiguaría lo preferente, que es el estudio. Al talento y a la sensibilidad de la misma juventud no se ocultarán esas sugerencias. Y en días de transición y de exaltación, que son días contados en la historia de un pueblo, ello puede pasar. Que no se forje, sin embargo, en la contumacia dañosa una costumbre o un sistema. Sobre tan remota posibilidad, sin acritudes, respetuosamente, llamamos la atención.


La Nación, 22 de febrero de 1930.