domingo, 22 de agosto de 2010

Parte V: Final.


-¿Se considera usted, Excelencia, como un dictador?

-Para todos los españoles y para mí mismo, calificarme de dictador es una puerilidad. Mis prerrogativas, mis atribuciones propias, son mucho menos importantes que las conferidas por la Constitución de los Estados Unidos a su Presidente.

Considero que el Régimen actual del Estado español es el más adecuado para la defensa del pueblo. La voz popular se deja oír a través de los organismos vivos de la nación: la familia, los municipios, los Sindicatos. Cada elemento útil del país tiene de este modo su intervención en las cuestiones que le conciernen. Por el contrario, en el régimen parlamentario es a menudo la dictadura de la incompetencia.

Todas las decisiones de importancia nacional tienen su origen no en lo alto de la pirámide, sino en su base. Son la consecuencia de los trabajos realizados en las provincias de la nación por los organismos calificados. Cada uno de dichos organismos no deja de estudiar los problemas y de seguir el curso de los acontecimientos que le conciernen. Gracias a estos estudios prepara soluciones, preparación constante, ya que todos los países están en una perpetua evolución.

Ahí colaboran todos los cuerpos constituidos de la nación –Sindicatos, municipalidades, corporaciones universitarias, etcétera–.

Que se trate de reformas judiciales, de problemas de comunicaciones o de inmigración, de modificaciones del Código Civil, todos los problemas se discuten de escalón en escalón por los representantes del pueblo, y de las soluciones así propuestas, de escalón en escalón, no hay más que darles forma cuando llegan ante el Gobierno. Este traza las conclusiones, que se presentarán a los procuradores de las Cortes, donde el pueblo está representado por los delegados de sus distintas corporaciones. El pueblo, de este modo, discute y decide en todas las cosas. La característica del Régimen no es, pues, la omnipotencia del jefe, es la omnipotencia del pueblo, es la democracia.

-Usted afirma que todas las decisiones fundamentales tienen su principio en la base de la pirámide. Sin embargo, tomando un ejemplo, no es el pueblo el que tomó la iniciativa de definir al Estado español como una Monarquía, no es él tampoco el que hizo, en mil novecientos cuarenta y siete, la Ley de Sucesión al Trono de España.

-Ocurre, por cierto, que el Jefe del Estado toma iniciativas de importancia nacional. Pero incluso en estos casos es finalmente el pueblo el que juzga su destino. Usted menciona la definición de España como Reino y la Ley de Sucesión al Trono. Pues bien, ¿qué pasó en verdad en dicha circunstancia? Propuse a las Cortes un proyecto de Ley Fundamental. Las Cortes aprobaron este proyecto. Pero esta votación aprobatoria no me pareció suficiente, pues se trataba de una cuestión esencial para el porvenir de España. Pedí que se consultara al país por medio de un referéndum. Y la nación se pronunció libremente sobre la Ley de Sucesión. Cada vez que hay que formular una elección fundamental, el pueblo es el que se pronuncia por el referéndum. De este modo, el Gobierno resulta como la emanación absoluta de la voluntad nacional.

-Ha afirmado que los hombres políticos anteriores a la victoria nacionalista no le parecían dignos de estima. ¿Habla usted únicamente de los demócratas? Le pregunto esto porque yo soy un demócrata.

-Yo también... No, no hablo sólo de los demócratas. Hablo también de los colectivistas, de los «autoritarios». Todos se prestaban a una farsa. Hacían frases. Dejaban que todas las cosas siguiesen la corriente como buenamente podían. Tenían un pesimismo innato de hombres vencidos. No podían ofrecer al país más que ideas sombrías, veleidades. Estaban dirigidos por los acontecimientos. Desde luego, no, no podían ofrecerme el menor ejemplo.

Las malas instituciones perjudican a los hombres. Vea la experiencia española de la República: desprovista de autoridad y debilitada por los separatismos, se consideraba a sí misma como un régimen liberal, lo que no le impidió gobernar durante cinco años de su existencia con una severa censura de prensa ni suspender la mayor parte del tiempo las garantías constitucionales.

-¿Los veteranos de los ejércitos «republicanos» y los responsables políticos de la España «republicana» tienen ahora los mismos derechos que los nacionalistas?

-Exactamente los mismos. Personalmente, odié siempre la guerra civil. El país entero la ha soportado con odio. No hay nada más terrible en el mundo. Somos ahora un pueblo unido. Hay una sola España. ¡Ninguna discriminación! La victoria ha sido la victoria de todos y la victoria para todos, incluso para los vencidos –me atrevería incluso a decir «sobre todo para los vencidos»–, pues hemos tenido que consentir esfuerzos especiales para darles nuevamente un sitio normal en la nación.

Últimamente aún, un general del Ejército «rojo», el general Rojo, ha regresado a España. Hubiese podido hacerlo mucho antes. Lo hemos dejado completamente en paz: nadie le pide nada. ¡La guerra civil ha terminado! Hay muchos antiguos «republicanos» que ocupan importantes cargos en nuestro país –altos funcionarios, diplomáticos-. Algunos han formado parte del Gobierno. Otros forman parte de él en la actualidad.

-¿Durante la guerra civil tenía usted sentimiento de estima para los soldados «republicanos»?

-Nos parecía terrible la necesidad de luchar entre españoles. Siempre he estimado a todos los militares profesionales y los soldados que luchan.

-¿Después de la victoria nacionalista la represión no fue demasiado sangrienta?

-Desde luego, ha habido condenas y ejecuciones después de la guerra de Liberación. Desde luego, debió de haber algunos actos exagerados... Pero los errores fueron escasos. Y se puede afirmar que después de la victoria de mil novecientos treinta y nueve, sólo los delitos de Derecho Común se castigaron.

Comparemos, por ejemplo, nuestra depuración de entonces con la depuración de mil novecientos cuarenta y cuatro. Su represión ha sido mucho más sangrienta, mucho más violenta que la nuestra. Las cifras de las ejecuciones y de las condenas a penas de cárcel lo demuestran, contrariamente a lo que ocurrió en su país. Nadie ha sido condenado en España «por crímenes políticos». Nadie se ha visto perseguido por causa de sus ideas. Sólo tuvieron que rendir cuenta de sus actos los que habían cometido abusos –saqueos, robos, asesinatos– y los que personalmente habían tenido la responsabilidad de la muerte de inocentes. Hemos tenido que dar ejemplo. El país lo exigía. Pero dichos ejemplos se determinaron con justicia. Personalmente, ¡cuántas veces he conmutado penas, pese a las protestas de algunos exaltados! Se examinaba cuidadosamente cada caso. Basta examinar los expedientes de los juicios de la época para darse cuenta de ello. Últimamente, un grupo de personalidades norteamericanas quiso compulsar nuestros archivos de criminales de guerra. Se interesaban particularmente para la instrucción de los asuntos hecha por las jurisdicciones especiales militares. Estudiaron numerosos expedientes de condenados a muerte. Les pregunté su opinión:

Estadounidense.- “Pero –me dijeron- estos hombres hubiesen sido fusilados igualmente y sin excepción por los jueces de los Estados Unidos”.
Franco.- “Contesté: Pues bien, he absuelto a tal y cual de estos culpables”.
Pidieron más expedientes.
E.- “Estos –dijeron– hubiesen sido fusilados también por nosotros”.
F.- “Se trata, sin embargo, de gente que ha sido por fin puesta en libertad”, contesté.

-Sin embargo, hay todavía muchos refugiados políticos.

-Muchos de ellos quieren seguir en posesión de un estatuto de refugiado político porque en el país donde se asilan dicho estatuto les proporciona ventajas. Muchos, al pasar los años, han enraizado en su tierra de exilio y no se les puede pedir que abandonen situaciones, a veces muy interesantes, para regresar a España, donde tendrían que volver a empezar de nuevo. Un pequeño número de ellos, por otra parte, ha cometido durante la guerra civil delitos de Derecho Común. Por fin, numerosos son los que se dirigen a nuestros Consulados para reclamar la autorización de volver a la Patria, temporalmente o de un modo definitivo. En un noventa y nueve coma nueve por ciento de los casos dicha autorización se concede. España está abierta para todos sus súbditos, sin distinción alguna, salvo para los criminales.

-Supongamos que pronto la América Latina, por una parte; Europa, por otra, lleguen a unirse en dos Confederaciones auténticas. ¿Hacia cuál de estas Confederaciones se sentiría España más atraída por el corazón, por su interés?

-No veo ninguna incompatibilidad entre el acercamiento de mi país con las naciones hermanas de la América Ibérica, ni su acercamiento con el Consejo de Europa. Daremos nuestra conformidad completa a todo cuanto pueda acercar a los pueblos, teniendo en cuenta las características singulares de cada uno de ellos.

-¿Considera usted Ceuta y Melilla, así como el territorio de Ifni, como definitivamente españoles?

-Definitivamente. En el caso de nuestras plazas de soberanía de África del Norte no ha habido nunca la menor duda, no habrá nunca la menor duda: una presencia española secular e ininterrumpida hace nuestro derecho incuestionable.

Pero Ifni es igualmente, con toda evidencia, tierra española. Desde la ocupación por los españoles, en el siglo XV, de las islas Canarias, la costa occidental africana, de cabo Guir a cabo Bojador, zona casi desértica, ha sido considerada como zona natural de seguridad. Allí se establecieron numerosas fortalezas y fortificaciones, entre ellas la célebre Santa Cruz de Mar Pequeña, erigida probablemente en el territorio de Ifni.

En mil ochocientos sesenta, durante la negociación de un tratado de paz entre España y Marruecos, se incluyó un artículo, el octavo, en virtud del cual el Sultán de Marruecos se comprometía a conceder a perpetuidad a España un territorio suficiente para permitir la instalación de una factoría pesquera, como la que España había tenido ahí en otros tiempos. Se trataba en realidad de una cesión auténtica de territorio en una región donde España había ejercido históricamente su autoridad, puesto que el texto del artículo evocaba concretamente la antigua Santa Cruz de Mar Pequeña.

El emplazamiento de esta fortaleza española se ha considerado durante mucho tiempo dudosa –y ésta era, sin duda, la idea de los negociadores marroquíes del tratado– identificando a Santa Cruz de Mar Pequeña con Agadir, ciudad entonces de poca importancia, que se desarrolló considerablemente más tarde. Esto explica los esfuerzos marroquíes para eludir el cumplimiento de esta cláusula: se trataba de evitar que la cesión de aquel territorio pudiese perjudicar económicamente a Mogador, la ciudad preferida de los Sultanes y el principal centro comercial en aquella época de la zona.

La diplomacia marroquí, entre otras medidas de aplazamiento, propuso en varias ocasiones otros territorios para compensar el previsto por el tratado de mil ochocientos sesenta. En mil ochocientos ochenta y tres, Marruecos identificó Ifni como territorio cedido a España en virtud del tratado de mil ochocientos sesenta.

Los límites actuales del territorio de Ifni se encuentran precisados por el tratado de veintisiete de noviembre de mil novecientos doce, que creó el Protectorado de España en Marruecos. Dicho tratado, pese a lo que pueda afirmar el Gobierno de Rabat, obliga plenamente al citado Gobierno. No hay que olvidar, en efecto, que el señor Balafrej puso su firma en la convención diplomática franco marroquí de mil novecientos cincuenta y seis en nombre de Su Majestad el Rey Mohamed V, y que en ella se dice que el Gobierno acepta como valederos todos los tratados que Francia firmó en su nombre. El tratado del Protectorado español, posterior en nueve meses al que establecía el Protectorado francés en Marruecos, y negociado por Francia en nombre del Sultán, se encuentra claramente comprendido entre los instrumentos diplomáticos que Marruecos ha aceptado siempre después de su independencia.

-¿Cree usted que Gibraltar debe volver a España?

-Plenamente.

-¿Sus distracciones favoritas?

-He practicado todos los deportes en general. Consagro actualmente a la pesca y a la caza todos los días de descanso que me permiten mis actividades. Como violín de Ingres, he elegido la pintura, que me descansa y me distrae, pero sin pretensiones «artísticas».

-La prensa europea y anglosajona habla a menudo de sus preocupaciones de salud. En estos últimos días se decía que usted debía salir para Suiza, con el fin de someterse allí a una grave operación.

-¡Que sigan esos rumores! ¡Esto me trae suerte!

-Excelencia: En mil novecientos treinta y ocho, intenté alistarme en las tropas republicanas. Me lo impidió en el último instante mi edad, diecisiete años. Desde entonces, mis sentimientos no han variado. Si la Historia pudiese volver a empezar, sería aún en las filas de los republicanos españoles donde intentaría con toda mi alma luchar. Dicho esto, en el transcurso de esta entrevista, he comprendido que usted es un hombre digno de estima. Es para mí un deber decírselo, en un sentimiento de honor.

-Me gusta su sinceridad. He tenido un placer extremo al encontrarle.