miércoles, 26 de febrero de 2014

Cataluña y los mitos de 1714.

La guerra de Sucesión sería una guerra internacional. Francia defendería a Felipe de Anjou, nieto del rey francés Luis XIV. Inglaterra, Portugal y el Imperio de los Austrias apoyarían la continuidad de la dinastía de los Austrias a través de su candidato, el archiduque Carlos. Pero la contienda también sería, en buena parte, civil e interterritorial: la Corona de Aragón, austracista, frente a la Corona de Castilla, borbónica.

La apuesta por el archiduque Carlos de Austria, el llamado austracismo, no fue un fenómeno privativo de la Corona de Aragón, ni mucho menos de ­Cataluña; de la misma manera que el borbonismo no fue monopolio castellano. Hubo una Cataluña borbónica (Cervera, Berga, Manlleu, Ripoll, Centelles), como también un Aragón y una Valencia borbónicas. Las oscilaciones de la guerra en el ámbito hispánico son bien conocidas. Barcelona fue finalmente tomada por los austracistas en septiembre de 1705 y salieron de la ciudad 6.000 borbónicos.

Los catalanes inicialmente no fueron antifelipistas. Los elogios de los catalanes a Felipe de Anjou con motivo de su llegada a Barcelona para las Cortes de 1701-1702, salpican la literatura de estos primeros años de su reinado. Es más, se casó en Cataluña con su primera mujer, María Luisa Gabriela.

El cambio de Cataluña en 1704 y 1705 se debió fundamentalmente a que la burguesía comercial catalana creyó que sus intereses se conjugaban mejor con la política económica de los aliados (prohibición de entrada de manufacturas francesas, así como de las exportaciones de lanas a Francia, concesión del puerto franco de Barcelona, instalaciones de artesanos extranjeros en Barcelona…).

A partir de 1707, con la victoria borbónica de Almansa, el austracismo se ve sometido a no pocas tensiones internas. Valencia y Aragón perdieron sus fueros y se abriría una nueva etapa, que con diversas fluctuaciones, se puede caracterizar como de la resistencia final catalana. Desde 1707 el austracismo ya solo existe en Cataluña, y desde 1712 solo en Barcelona y sin cabeza legal representativa.

El archiduque Carlos se va a Viena en 1711 y se reconvierte de aspirante a rey de España, en emperador del Imperio Austriaco, con el nombre de Carlos VI. Empieza un nuevo período caracterizado por la extrema soledad catalana, de la que no faltan testimonios de fanatismo, alimentado por el clero y una notable falta de sentido de la realidad. Cataluña tuvo embajadores en Viena y Londres que intentaron negociar una salida distinta a la que llevó al 11 de septiembre de 1714: Çarirera en Viena y Dalmases en Londres. Las potencias aliadas no ofrecieron más solución al “caso de los catalanes” que buenas palabras. Fue la demostración de la escasa fiabilidad de las promesas que se hacen desde Europa. El patetismo de la situación lo demuestra que los catalanes llegaron a buscar una alianza con los turcos.