domingo, 22 de agosto de 2010

Parte III: Sobre la Guerra.


-¿No tuvo Hitler la tentación, hacia el año mil novecientos cuarenta y tres, de invadir España para coger al revés Gibraltar y África del Norte?

-Lo proyectó, en efecto, y me lo propuso. Pero ante mi negativa, tuvo que renunciar. Sabía que para invadir un país hay que tener muchos motivos. No podía reprochar nada a los españoles y conocía muy bien, por otra parte, el alma de nuestro pueblo y su Historia.

-Si exceptuamos el error inicial de haber provocado la Segunda Guerra Mundial, ¿cuál fueron, en su opinión, Excelencia, los errores de Hitler en el conflicto?

-Fue, ante todo, el de haber iniciado la guerra con un espíritu de seguridad. Olvidaba que toda guerra es una aventura sin ninguna garantía. Olvidaba la vieja sabiduría que dice, desde siempre, que el hombre propone y Dios dispone. Olvidaba que en cada combate hay que contar con buena parte de azar, de manera que sólo Dios puede saber cómo esto terminará.

Hitler tenía un alma de jugador... Por otra parte, desconocía totalmente la psicología de los pueblos. No entendió nada del alma inglesa, no tenía nunca en cuenta los milagros que provoca la necesidad. No tuvo imaginación suficiente para concebir las posibilidades que se ofrecen a las naciones atacadas para resistir a toda costa en una guerra, por mortífera que sea. Por fin, no creía que el conflicto pudiese extenderse hasta el punto de llegar a ser universal. Si lo hubiera creído, hubiese reflexionado sobre la desproporción de las fuerzas.

No había sopesado el precio de la lucha. No tenía una noción clara de los límites de su nación. No había preparado su guerra completa ni lógicamente. Alemania se había preparado cuidadosamente, pero para una guerra corta. No para un conflicto largo. Hitler no había tenido en cuenta, en realidad, el hecho de que la guerra contra la URSS se haría inevitable en un plazo corto. Tuvo finalmente que luchar en dos frentes, oportunidad para la cual su máquina de guerra no estaba racionalmente preparada. En el Este, los espacios estratégicos son considerables. Los alemanes no se encontraban en condición de maniobrar convenientemente a través de tales extensiones. Se cometieron graves faltas militares. La Wehrmacht tenía un dispositivo de línea y no un dispositivo en profundidad.

-¿Tuvo Hitler confianza hasta el final en la victoria?

-En cierto modo, sí. Siempre creyó en la superioridad de los soldados alemanes, en su propio genio militar, en las armas que sus técnicos forjaban con empeño. Alrededor suyo, los jefes militares tenían plena confianza en las armas atómicas. Tuve la oportunidad de darme cuenta de ello. Los bombardeos anglo-americanos impidieron en el último momento la terminación de las armas atómicas nazis. Hitler ha vivido en la certeza del triunfo.

-¿No pensó usted en ningún momento de la guerra en colocarse al lado del Eje?

-Nunca. No existía entre nuestros países ningún compromiso que pudiese obligar a España a participar en un conflicto armado.

-Sin embargo, fue con su completa aprobación y, más aún, con su apoyo constante que la famosa División Azul se fue a luchar contra los rusos...

-Hay que remontarse a los principios de la Guerra Civil. Muy pronto ésta, dejó de ser un asunto privado de los españoles. Los rojos pidieron la ayuda de los comunistas y de los socialistas de todos los países. Se beneficiaban del apoyo, más o menos confesado, de numerosas potencias. Las Brigadas Internacionales se convirtieron en un conjunto de numerosas unidades, armadas por el extranjero y compuestas exclusivamente por extranjeros. Por nuestra parte, recibimos cantidad de voluntarios que acudieron del mundo entero. Entre los primeros, un batallón de irlandeses católicos. Creamos nuevas unidades de la Legión. Por fin, aceptamos el concurso de tropas de voluntarios italianos y alemanes, y su apoyo contribuyó a poner fin cuanto antes a los sufrimientos españoles.

De este modo, al final de la guerra, España tenía una deuda moral para con dichos voluntarios extranjeros. El Movimiento consideraba que tenía para con ellos, y principalmente para con los italianos y alemanes, una deuda de sangre.

El pueblo español tiene por costumbre pagar siempre esta clase de deudas.

Cuando el Eje entró en guerra contra los Aliados, no se trató para nosotros de pagar nuestra deuda, pues esto nos hubiese obligado a luchar sin motivo alguno contra naciones que nunca se comportaron como enemigas de España y con las que manteníamos relaciones cordiales. Pero cuando Alemania e Italia entraron en guerra con la URSS, el problema cambió radicalmente para nosotros. Los bolcheviques se comportaron siempre como enemigos de nuestro Movimiento. Para muchos españoles, la lucha que llevaba a cabo el Eje contra el comunismo en el Este no tenía nada que ver con la lucha germano-italiana contra los aliados de Occidente. En el Oeste era una guerra discutible. En el Este era una cruzada. Y una cruzada en muchos puntos análoga a la nuestra. Por eso dimos nuestra conformidad al reclutamiento de voluntarios para luchar contra los bolcheviques. De este modo íbamos a poder pagar nuestra deuda de sangre. Estos voluntarios, agrupados en Alemania en una división que se llamó «la División Azul», fueron encuadrados y encaminados hacia el frente ruso bajo bandera y con armamento alemán.

La División Azul pagó con creces la deuda nacionalista para con nuestros amigos del tiempo de la gran prueba.

Luchó heroicamente en los frentes del lago Ilmen, de Novgorod y de Leningrado. Muchos fueron los que en sus filas se cubrieron de gloria. Muchos fueron los muertos y los heridos. Pero pasaba el tiempo, los efectivos de la División disminuían y el conflicto, al prolongarse, aumentaba el peligro para nuestros voluntarios de encontrarse frente a frente con las fuerzas militares de los Aliados, que colaboraban cada día más estrechamente con los rusos. Se trataba, pues, del peligro de tener que luchar no sólo contra los comunistas, objetivo exclusivo de su actuación, sino también contra los angloamericanos. Por eso, en mil novecientos cuarenta y cuatro manifestamos el deseo de retirar la División Azul de los teatros de operaciones. Era una decisión lógica, dada la evolución del conflicto.

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